Jose Fernández Perito en Arqueología.Jean Fleury, el pirata que robó a Cortés el tesoro de Moctezuma
Jose Fernández Perito en Arqueología. Jean Fleury, el pirata que robó a Cortés el tesoro de Moctezuma
Tras la conquista de Tenochtitlán y la extensión progresiva de la presencia española en México, Hernán Cortés estaba algo preocupado porque las dos cartas de relación que había enviado al Rey no habían tenido respuesta. Por tanto, escribió nuevas epístolas: una tercera carta de relación más otra de carácter privado en la que lamentaba que no se le contestase. Y las mandó por mano de dos de sus fieles, Alonso de Ávila y Antonio de Quiñones, acompañadas de un fabuloso tesoro (que pese al nombre popular que ha calado ya no tenía nada que ver con Moctezuma, muerto el año anterior) compuesto por cincuenta mil pesos de oro (de los que nueve mil correspondían al quinto real), más de ocho mil kilos de plata (incluyendo una culebrina de plata maciza), abundante joyería, piezas de jade, una esmeralda en forma de pirámide cuya base era como la palma de una mano y perlas descritas como del tamaño de avellanas, entre otras maravillas.
También había algunas cosas que podían resultar curiosas en España, como por ejemplo capas de plumas, escudos decorados, papagayos, un trío de tigres (así llamaban a los jaguares) y unos huesos de gigante que hoy se cree que quizá fueran de dinosaurio o de mamut.
Esta variopinta colección se tenía que repartir, a manera de regalos, entre numerosas personalidades e instituciones peninsulares: Martín Cortés (el padre de Hernán), el Consejo de Castilla, el obispo Fonseca, el almirante de Castilla, el obispo de Palencia, los funcionarios de la Casa de Contratación, varizos secretarios reales, el duque de Alba y otros aristócratas (de entre los que excluyó a los flamencos), catedrales, iglesias, monasterios… Gran parte de esa gente no había tenido buena relación con Cortés -fuera directa o indirectamente-, por lo que aquellos presentes pueden interpretarse como una especie de soborno o medio de congraciarse. De hecho, el conquistador solicitaba que no se enviasen a Nueva España más abogados -una molestia- y sí sacerdotes para predicar.
El tesoro se embarcó en dos naos que, junto con una tercera, zarparon el 22 de mayo de 1522. Al parecer, el viaje no fue agradable, ya que las tormentas azotaron la flotilla y además ocurrieron varios incidentes: uno de los jaguares se escapó y mató a dos marineros antes de saltar al mar, por lo que los otros dos fueron sacrificados para que no se repitiera la tragedia; el tesorero real, Julián de Alderete, enfermó y falleció incluso antes de la primera escala en Cuba (muy oportunamente porque se había convertido en enemigo de Cortés y, de hecho, hubo quien ahbló de envenenamiento); y, por último, Antonio de Quiñones murió apuñalado en Terceira en una reyerta por una mujer.

Fue durante el trayecto entre las Azores y España cuando apareció una escuadra de seis naves al mando del corsario francés Jean Fleury (conocido también con el nombre castellanizado de Juan Florín). Al parecer, su jefe, el armador Jean Ango, sabía que empezaban a fluir riquezas desde las Indias porque las había visto en Bruselas dos años antes, cuando el primer envío de Cortés se expusieron al público para mostrarle las maravillas del Nuevo Mundo (así llegó a Europa el famoso penacho de Moctezuma, aunque no se sabe cómo acabó en Viena). Se abrió pues la veda contra los barcos españoles, amparándose en que el propio Francisco I había reclamado su parte del pastel americano: “Quisiera ver la cláusula del testamento de Adán que excluye a Francia de la división del mundo”.
Fleury logró apoderarse de dos de las naos (algunas fuentes dicen que Quiñones murió en ese combate, no en tierra). La tercera consiguió escapar y refugiarse en la isla de Santa María (Azores), pidiendo escolta para llegar a Sevilla. Se le envió pero para entonces los franceses ya se habían ido. Y es que aquella razzia había sido sumamente provechosa, dado que además de las naos de Cortés también interceptaron otra procedente de Santo Domingo que les supuso un botín extra de veinte mil pesos de oro, cargamento común aparte.
Buena parte de lo saqueado por Fleury también se expuso al público en 1527 en una fiesta organizada en la mansión del armador Ango, quien se había enriquecido (era vizconde de Dieppe, su ciudad natal), pero después nunca más se supo que pasó con todo aquello. Se cree que básicamente sirvió para financiar la construcción de la fastuosa Varengeville-sur-Mer (una residencia de verano) el arreglo de la iglesia de Dieppe, y otros proyectos como patrocinar varios viajes de descubrimiento (entre ellos los de Cabot, Parmentier y Cartier). Es decir, que los metales preciosos se habrían fundido y las joyas terminarían desengarzadas.
Cortés recibió la noticia a principios de 1523 y le supuso un fuerte golpe moral porque echaba por tierra su intento de ganarse en España el favor de mucha gente que quizá estaría en su contra. No llegaría a saber que Jean Ango murió arruinado dos años después que él tras pasar por la cárcel, pero sí pudo consolarse en 1527 con la noticia de que en casi al mismo tiempo que se exponían los tesoros en Francia, Fleury fue capturado cerca de Canarias por una escuadra vizcaína. Fleury intentó comprar su libertad ofreciendo treinta mil pesos al capitán vasco Martín Pérez de Irizar pero éste no aceptó (y, a cambio, se le premió haciéndole noble). El francés fue trasladado a la península, donde Carlos V ordenó su ahorcamiento.
Por cierto, la pérdida del tesoro dio lugar a que desde entonces todas las naves que viajaron hacia europa lo hicieran escoltadas, originando el sistema conocido como Flota de Indias, que se haría habitual en las décadas y siglos siguientes.